Después de más de una década de historia y con más de 450 sabores desarrollados, El Taller llegó a MUT hace poco más de un año, sumándose a un espacio donde, según cuentan, la relación con la ciudad y quienes la recorren es parte importante de la experiencia.
Nos interesa que cuando alguien pruebe un helado también pueda descubrir un poco de Chile.

Diego Lisoni llegó al mundo de la heladería desde la cocina, pero con una mirada que también incorpora la ciencia y la técnica detrás de cada preparación. Junto a su señora, María José Montero, y su hermano Nicolás, enólogo de profesión, creó El Taller, una heladería artesanal que busca rescatar sabores, ingredientes y recuerdos que forman parte de la identidad chilena.
Después de más de una década de historia y con más de 450 sabores desarrollados, El Taller llegó a Mercado Urbano Tobalaba (MUT) hace poco más de un año, sumándose a un espacio donde, según cuenta Lisoni, la relación con la ciudad y quienes la recorren es parte importante de la experiencia.
¿Eres más de dulce o de salado?
Una mezcla de los dos. Me gusta mucho la cocina salada, un buen asado con la familia, por ejemplo. Pero también me encanta tener siempre un heladito por ahí para compartir.
¿Cuál es el ingrediente/producto infaltable en la despensa o refrigerador?
Ciboulette, endivias cuando están en temporada, Siracha, un champán o vino blanco bien helado y quesos. Son cosas que nunca pueden faltar.

Helado favorito
El de Negrita, o “Choquita” como se llama ahora. Es un helado que me conecta mucho con mi papá. Cuando armamos El Taller, hace 11 años, estuvo en nuestra carta porque me recordaba las galletas que comía cuando era chico.
Mi papá murió hace 22 años y hoy les doy este helado a mis hijas. Es bonito porque, de alguna manera, ese sabor me permite conectar mi historia con la de ellas. Creo que eso es justamente lo lindo del helado, muchas veces está asociado a momentos y recuerdos.

¿Cómo nace El Taller y cómo llega a MUT?
Nació durante un viaje que hice con mi señora, Jose, por la Ruta 40 en Argentina. Estábamos en Mendoza, con más de 35 grados a la una de la mañana, y entramos a una heladería artesanal, Ferrucho Sopelsa. Para mí fue una revelación.
Durante el resto del viaje empezamos a preguntarnos por qué en Chile no había más heladerías que rescataran nuestra propia cultura y nuestros sabores. Pensábamos en cosas como un helado de chancaca, de maní confitado o incluso de terremoto.
Cuando volvimos a Santiago, le contamos la idea a mi hermano Nicolás, que es enólogo, y empezamos a conversar sobre cómo podíamos llevarla a la práctica. Así fue tomando forma lo que finalmente se convirtió en El Taller.

¿De dónde nace el nombre El Taller?
El Taller viene de “atelier”, que es un lugar donde las cosas se hacen de manera artesanal, con las manos. Sentimos que esa palabra nos representaba muy bien desde el comienzo.
Después de 11 años, ¿qué define a El Taller?
Hay dos cosas que para nosotros son fundamentales. Por un lado, estar renovándonos constantemente y, por el otro, trabajar con sabores que tengan una conexión con Chile.
Tenemos una carta que cambia según la temporada, primavera, Navidad, verano, otoño e invierno, y hasta ahora hemos desarrollado más de 450 sabores. Además, trabajamos directamente con productores locales y buscamos ingredientes de distintas regiones del país.
Por ejemplo, usamos limón de Pica, mandarinas del Limarí, rica rica de Atacama, calafate de Punta Arenas, Manjar de campo o pistacho chileno tostado de Lampa. Nos interesa que cuando alguien pruebe un helado también pueda descubrir un poco de Chile.
Eso incluso se refleja en la vitrina del local. Tenemos dibujada la silueta del país y ordenamos los helados de norte a sur. Es una manera de mostrar toda esa diversidad de ingredientes y sabores que tenemos.

