Hay un momento en invierno que nos sorprende a los dos, aunque vengamos de mundos distintos. No es el frío en sí, es la llegada de esas comidas que solo vuelven con la temporada de invierno. Comidas que nacen de culturas distintas, pero que funcionan igual.
Misha creció con ese gesto en Japón: tomando sopa miso, el nabe hirviendo al centro de la mesa. El calor que no era solo del caldo, sino de estar juntos sin necesitar explicar nada. En la casa de Ignacio pasaba lo mismo, aunque nadie lo llamara así: la cazuela, las sopaipillas pasadas, las comidas compartidas en familia “a lo Roa”. Ambos crecimos entendiendo que la comida buena no se apura, es un ritual que pide tiempo, tiene su cadencia propia y eso es una forma de respeto.
Con los años nos vamos dando cuenta que existen rituales comunes en los dos lados del mundo: culturas del sur y del norte, hablando el mismo idioma sin saberlo.
Mirai nació de esa memoria compartida, no de una idea. Un caldo que tarda horas, un kimchi que fermenta despacio, un restaurante agitado que aun así come con calma, un barrio que necesita su tiempo para conocerse. Cada cambio que hacemos sigue esa lógica, nada se apura. En invierno se siente más: la gente entra con las manos frías y algo cambia cuando llega el plato. Vuelve una conversación, vuelve un recuerdo.
No solo cocinamos. Hacemos que el barrio, y ahora también el MUT, tengan un lugar donde escaparse del frío.